jueves, 24 de junio de 2010

TEMARIO EXAMEN A TÍTULO DE SUFICIENCIA

TEMARIO
Estudia a fondo el MÓDULO I, vas a desarrollar temas sobre él
Género lírico
Elementos
Características
Aspectos formales
Figuras retóricas
Género narrativo
Elementos y subgéneros
Género dramático
Características
Subgéneros

Mapa conceptual de alguno de los siguientes temas:
a) Figuras retóricas
b) Tipos de narrador
c) Subgéneros dramáticos

EJERCICIOS
Vas a trabajar en poemas, midiendo la métrica, sinalefas, tipos de rima, encabalgamientos.

martes, 25 de mayo de 2010

CONTROL DE LECTURA 8

La soga
Silvina Ocampo
Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en la chimenea. Estos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente hizo una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los reos, después un pasamanos, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco, obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
—Toñito, préstame la soga.

El muchacho invariablemente contestaba:
—No.

A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.

Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.

¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En lo barco, en las casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era herbívora; le dio pasto y le dio agua.
La bautizo con el nombre Prímula. Cuando lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo le vi, tendido, con los ojos abiertos.
La soga, con el flequillo despeinado, enrosacada junto a él, lo velaba.

lunes, 17 de mayo de 2010

CONTROL DE LECTURA 7

La noche de los feos

Mario Bendetti

1

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos llenos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos en la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendedura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolvieron mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca, bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro, y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar la curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual.”
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo como qué?”
“Como queremos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme por un chiflado.”
“Prometo”.
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendedura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barbas, de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

lunes, 12 de abril de 2010

CONTROL DE LECTURA 6

El Duende
Elena Garro

A las tres de la tarde el sol se detenía en la mitad del cielo. El silencio podía estallar en cualquier, instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Sólo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en .vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.
En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y ve­nir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.
—Eva, ¿te da miedo morir?
—No, el otro mundo es tan bonito como éste.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo mi abuela Francisca.
Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un or­den diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. "El otro mundo es tan bonito como éste"... Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego, la puerta que la esperaba y que conducía al vacío, volvió a to­mar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a pre­cipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Sólo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.
—¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito co­mo éste?
—Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos. Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recor­dar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.
—Adentro de las manos tenemos luz.
Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió ver­güenza al sorprender a Eva en una mentira.
—¡Mentirosa!
—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.
Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ra­mas más altas de los árboles.
—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía colum­piarse de las hojas altísimas de las palmeras.
—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.
El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:
—Pobre, cree que es el dueño de todo...
Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.
—Vamos a bañarnos —dijo Eva.
Salieron al jardín. Pasaron bajo las Jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron a los linderos del terreno y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas rezu­maba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.
Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cor­tó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimien­tos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. "Estoy envenenada", se dijo.
—No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.
—No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.
Eva la había engañado. "Estoy envenenada", se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasa­ba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y sólo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúscu­las las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni de­jarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su herma­na. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.
—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces. Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. "¡Dios mío, haz que se las coma!" Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. "¡Dios mío, que se muera!" Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.
—¡Mala!
La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:
—¡Mala!
Eva estaba en la misma hora que ella. “El otro mundo es tan bonito como éste, allí no se suda porque no tenemos cuerpo"... ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.
La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blan­co. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocu­pada.
—¿Es cierto lo que dice Evita?
Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amis­tad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja ver­de les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.
—¿Verdad que no es cierto?... Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.
Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.
—No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?
La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.
—Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.
Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estu­por al espanto.
—¡Mala!
Se alejó de prisa de su cama.
—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pu­sieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asus­tados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habita­ción, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.
Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos se­gundos hacia la cama de Eva. Los niños lo siguieron. Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida es­cuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre to­mó en brazos a su hermana y salió con ella de la habita­ción. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.
Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.
—Anda, come... —le dijo con tedio.
Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero és­ta sólo le contesto con banalidades.
—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?
Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le inte­resaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desapa­recido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! iBum! ¡Bum! de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumenta­ban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pre­gunta:
—¿Verdad que no quisiste matar a Evita? Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asus­tados.
Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó par­simoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró par­padeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, sólo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas y enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita per­maneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.
—Estrellita, dime ¿tú has visto alguna vez al Duende?
—¿Qué duende?
—El del jardín.
—No. Yo estoy en los tejados.
—¿Y desde allí no ves al Duende?
—No. Desde allí sólo te veo a ti y veo a Eva.
—¿Siempre nos ves?
—Siempre
Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solem­nidad sobre la faldita blanca, inmóviles.
—Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la ho­ja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?
Estrellita la miró sin pestañear.
—Porque eran de la misma mata.
—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?
—Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávi­da, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.
—No... no me gustó... o tal vez sí…
Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gus­tar matar. Miró a Estrellita con admiración.
—¿Entonces, por qué la mataste?
—Porque quería que se muriera conmigo.
—¡Ah!
Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la co­locó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y, movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcan­zar un vaso de refresco.
—Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.
—No, no sabe nada —confirmó Leli.
Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.
—¡Estrellita!
Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Sólo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados. En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las Jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por menti­rosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la es­palda, mientras el jardín caía en ruinas.
Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una de­cisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pictórico de ho­jas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.
—¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.
Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.
—Lelinca, tú no fuiste...
Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.
—No, yo no fui... —repitió Leli con su voz de tonta.
Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvi­dado que Eva no tenía ningún secreto.
—Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.
—¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.
Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, par­padeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.
—Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?
—¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.
El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrelli­ta Garro.

lunes, 5 de abril de 2010

CONTROL DE LECTURA 5

La jaula de tía Enedina
Adela Fernández
Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Mi madre dice que enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía encerrada en el cuarto de trebejos que está en el patio de atrás. Conforme se acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera me preguntaban cómo seguía. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le importaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarle comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre dice que no soy su hijo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que nadie me quiere. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Es Goyita también la que cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Ese hombre le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia, le dijo que para siempre sería una mujer soltera y que él compadecido de su futuro le regalaba una enorme jaula dorada para que se consolara en su vejez cuidando canarios. El hombre se fue sin darle más detalles.
Tal como lo dijo aquel hombre, el novio no se presentó a la iglesia, y mi tía Enedina enloqueció de soledad. Me cuenta Goyita que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años, yo no he podido llevarle su canario. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme ninguno, y el día que le robé el suyo a Doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Yo lo tenía escondido en una caja de zapatos, me descubrieron, y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía y como nunca he podido traerle su canario, hoy decidí darle caricias. Entré al cuarto... Ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado a otro. Se dio cuenta de que eso para mí era fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula dorada y se mecía. El balanceo era algo más que triste. Parecía una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones, comencé a perseguirla. ¡Qué difícil me fue atraparla! Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran semejanza con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organza, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que por más que me empeñaba, no podía regalarle.
Después de aquello, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas y buscaba mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, me incrustaba sus uñas, me mordía y sus huesos afilados y puntiagudos se encajaban en mi carne, me dañaba. Así que decidí mejor darle un canario, costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del canario. Todos los días le llevo un poco de alpiste, de ese que compra Goyita para su jilguero.
Lo del canario parece imposible. No puedo conseguirlo; ya ha pasado más de un año. Yo no quiero volver a tocarla y le he propuesto para su jaula el jilguero de Goyita. Ella se ríe como ratón, babea y pega de saltos y mueve negativamente la cabeza. Lo bueno es que se ha conformado con los puñitos de alpiste que diariamente le llevo.
Porque me sentí demasiado solo resolví entrar al cuarto de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A tía Enedina la he notado más calmada, puedo decir que hasta un poco mansa. Pensé que ya no arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y el haberla notado apacible.
Ya dentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Yo la necesitaba y esperé largo rato hasta que me acostumbré a la penumbra y fue cuando pude ver dentro de la jaula a dos niñitos, escuálidos, esqueléticos, albinos. Tía Enedina les daba alpiste y los contemplaba tiernamente ahí encaramada sobre la jaula.
Mis hijos flacos y dementes, comían alpiste y trinaban....

martes, 9 de marzo de 2010

CONTROL DE LECTURA 4

NUESTRO PRIMER CIGARRO
Horacio Quiroga
Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su muerte.
Lucía volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Lucía decía a mamá:
–¡Qué extraño...! Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de nuestra tía, pues después de un rato contestó:
–Es cierto... ¿No sientes nada?
–No... Sueño.
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Lucía tenía viruela, y de cierta especie hemorrágica que había adquirido en Buenos Aires.
Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa.
¡Esta vez nuestra tía –¡casualmente nuestra tía!– enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de la calle a mirar, había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos. Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al lado de Lucía.
Seguramente en los primeros días mamá pasó crueles angustias por sus hijos que habían besado a la virolenta. Pero en cambio nosotros, convertidos en furiosos robinsones, no teníamos tiempo para acordarnos de nuestra tía. Hacía mucho tiempo que la quinta dormía en su sombrío y húmedo sosiego.
Naranjos blanquecinos de diaspis; duraznos rajados en la horqueta; membrillos con aspecto de mimbres; higueras rastreantes a fuerza de abandono, aquello daba, en su tupida hojarasca que ahogaba los pasos, fuerte sensación de paraíso terrenal. Nosotros no éramos precisamente Adán y Eva; pero sí heroicos robinsones, arrastrados a nuestro destino por una gran desgracia de familia: la muerte de nuestra tía, acaecida cuatro días después de comenzar nuestra exploración.
Pasábamos el día entero huroneando por la quinta, bien que las higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habían detenido a los catorce metros sobre un fondo de piedra, y que desaparecía ahora entre los culantrillos y doradillas de sus paredes.
Era, sin embargo, menester explorarlo, y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuerzos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto tras un macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se enterase. No obstante, María, cuya inspiración poética privó siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, llenando a medias el pozo, nos proporcionara satisfacción artística a la par que científica.
Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fue el cañaveral.
Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales, varas oblicuas, varas atravesadas, varas dobladas hacia tierra.
Las hojas secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, que llenaba el aire de polvo y briznas al menor contacto.
Aclaramos el secreto, sin embargo, y sentados con mi hermana en la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa, inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el que había venido con Lucía de Buenos Aires.
Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase atribuido sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al padrastrillo.
–Te aseguro –decía él a mamá, señalándonos con el mentón– que desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo.
–¡Déjalos! –respondía mamá, cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato. A este severo personaje, pues, habíamos robado un paquete de cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciarnos súbitamente en la viril virtud, esperamos el artefacto.
Este artefacto consistía en un pipa que yo había fabricado con un trozo de caña, por depósito; una varilla de cortina, por boquilla; y por cemento, masilla de un vidrio recién colocado. La pipa era perfecta: grande, liviana y de varios colores.
En nuestra madriguera del cañaveral cargámosla María y yo con religiosa y firme unción. Cinco cigarrillos dejaron su tabaco adentro, y sentándonos entonces con las rodillas altas encendí la pipa y aspiré. María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que los míos se cubrían de lágrimas: jamás se ha visto ni verá cosa más abominable.
Deglutí, sin embargo, valerosamente la nauseosa saliva.
–¿Rico? –me preguntó María ansiosa, tendiendo la mano.
–Rico –le contesté pasándole la horrible máquina.
María chupó, y con más fuerza aún. Yo, que la observaba atentamente, noté a mi vez sus lágrimas y el movimiento simultáneo de labios, lengua y garganta, rechazando aquello. Su valor fue mayor que el mío.
–Es rico –dijo con los ojos llorosos y haciendo casi un puchero. Y se llevó heroicamente otra vez a la boca la varilla de bronce.
Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que me había hecho alabarle la nauseabunda fogata.
–¡Psht! –dije bruscamente, prestando oído–. Me parece el gargantilla del otro día... Debe de tener nido aquí...
María se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oído atento y los ojos escudriñantes, nos alejamos de allí, ansiosos aparentemente de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del tabaco sin que nuestro orgullo sufriera.
Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero entonces con muy distinto resultado.
Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo nos había levantado ya la voz mucho más duramente de lo que podíamos permitirle mi hermana y yo. Nos quejamos a mamá.
–¡Bah!, no hagan caso –nos respondió mamá, sin oírnos casi–. Él es así.
–¡Es que nos va a pegar un día! –gimoteó María.
–Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho? –añadió dirigiéndose a mí.
–Nada, mamá... ¡Pero yo no quiero que me toque! –objeté a mi vez.
En este momento entró nuestro tío.
–¡Ah! Aquí está el buena pieza de tu Eduardo... ¡Te va a sacar canas este hijo, ya verás!
–Se quejan de que quieres pegarles.
–¿Yo? –exclamó el padrastrillo midiéndome–. No lo he pensado aún. Pero en cuanto me faltes al respeto...
–Y harás bien –asintió mamá.
–¡Yo no quiero que me toque! –repetí enfurruñado y rojo–. ¡El no es papá!
–Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío. En fin, ¡déjenme tranquila! –concluyó apartándonos.
Solos en el patio, María y yo nos miramos con altivo fuego en los ojos.
–¡Nadie me va a pegar a mí –asenté.
–¡No... Ni a mí tampoco! –apoyó ella, por la cuenta que le iba.
–¡Es un zonzo!
Y la inspiración vino bruscamente, y como siempre, a mi hermana, con furibunda risa y marcha triunfal:
–¡Tío Alfonso... es un zonzo! ¡Tío Alfonso... es un zonzo!
Cuando un rato después tropecé con el padrastrillo, me pareció, por su mirada, que nos había oído. Pero ya habíamos planteado la historia del Cigarro Pateador, pero ya epíteto este a la mayor gloria de la mula Maud.
El cigarro pateador consistió, en sus líneas elementales, en un cohete que rodeado de papel de fumar fue colocado en el atado de cigarrillos que tío Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos a la siesta.
Un extremo había sido cortado a fin de que el cigarro no afectara excesivamente al fumador. Con el violento chorro de chispas había bastante, y en su total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío, adormilado, no se diera cuenta de la singular rigidez de su cigarrillo.
Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que no hay tiempo ni aliento para contarlas. Sólo sé que el padrastrillo salió como una bomba de su cuarto, encontrando a mamá en el comedor.
–¡Ah, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te juro que esta vez se van a acordar de mí!
–¡Alfonso!
–¿Qué? ¡No faltaba más que tú también...! ¡Si no sabes educar a tus hijos, yo lo voy a hacer!
Al oír la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba inocentemente con mi hermana en hacer rayitas en el brocal del aljibe, evolucioné hasta entrar por la segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de mamá. El padrastrillo me vio entonces y se lanzó sobre mí.
–¡Yo no hice nada! –grité.
–¡Espérate! –rugió mi tío, corriendo tras de mí alrededor de la mesa.
–¡Alfonso, déjalo!
–¡Después te lo dejaré!
–¡Yo no quiero que me toque!
–¡Vamos, Alfonso! Pareces una criatura!
Esto era lo último que se podía decir al padrastrillo. Lanzó un juramento y sus piernas en mi persecución con tal velocidad, que estuvo a punto de alcanzarme. Pero en ese instante yo salía como de una honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la quinta, con mi tío detrás.
En cinco segundos pasamos como una exhalación por los durazneros, los naranjos y los perales, y fue en este momento cuando la idea del pozo, y su piedra, surgió terriblemente nítida.
–¡No quiero que me toque! –grité aún.
–¡Espérate!
En ese instante llegamos al cañaveral.
–¡Me voy a tirar al pozo! –aullé para que mamá me oyera.
–¡Yo soy el que te va a tirar!
Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas; corriendo siempre, di un empujón a la piedra exploradora que esperaba una lluvia, y salté de costado, hundiéndome bajo la hojarasca.
Tío desembocó enseguida, a tiempo que dejando de verme, sentía allá en el fondo del pozo el abominable zumbido de un cuerpo que se aplastaba.
El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido; volvió a todas partes sus ojos dilatados, y se aproximó al pozo.
Trató de mirar adentro, pero los culantrillos se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar, y después de una lenta mirada al pozo y sus alrededores, comenzó a buscarme.
Como desgraciadamente para el caso, hacía poco tiempo que el tío Alfonso cesara a su vez de esconderse para evitar los cuerpo a cuerpo con sus padres, conservaba aún muy frescas las estrategias subsecuentes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacer para hallarme.
Descubrió enseguida mi cubil, volviendo pertinazmente a él con admirable olfato; pero aparte de que la hojarasca diluviana me ocultaba del todo, el ruido de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que no buscaba bien, en consecuencia.
Fue pues resuelto que yo yacía aplastado en el fondo del pozo, dando entonces principio a lo que llamaríamos mi venganza póstuma. El caso era bien claro. ¿Con qué cara mi tío contaría a mamá que yo me había suicidado para evitar que él me pegara?
Pasaron diez minutos.
–¡Alfonso! –sonó de pronto la voz de mamá en el patio.
–¿Mercedes? –respondió aquél tras una brusca sacudida.
Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo, alterada.
–¿Y Eduardo? ¿Dónde está? –agregó avanzando.
–¡Aquí, conmigo! –contestó riendo–. Ya hemos hecho las paces.
Como de lejos mamá no podía ver su palidez ni la ridícula mueca que él pretendía ser beatífica sonrisa, todo fue bien.
–¿No le pegaste, no? –insistió aún mamá.
–No. ¡Si fue una broma!
Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mía para el padrastrillo.
Celia, mi tía mayor, que había concluido de dormir la siesta, cruzó el patio, y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.
–¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!
Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme con vida aún...? El pozo tenía catorce metros sobre piedra viva. Tal vez, quién sabe...
Pero para ello sería preciso traer sogas, hombres; y Mercedes...
–¡Pobre, pobre madre! –repetía mi tía.
Justo es decir que para mí, el pequeño héroe, mártir de su dignidad corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual, hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed de venganza.
Media hora después mamá volvió a preguntar por mí, respondiéndole Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo enseguida la seguridad de una catástrofe.
–¡Eduardo, mi hijo! –clamó arrancándose de las manos de su hermana que pretendía sujetarla, y precipitándose a la quinta.
–¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!
–¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Alfonso!
Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver que se dirigía al pozo.
Mamá no pensaba en nada concreto; pero al ver el gesto horrorizado de su hermano, recordó entonces mi exclamación de una hora antes, y lanzó un espantoso alarido.
–¡Ay! ¡Mi hijo! ¡Se ha matado! ¡Déjame, déjenme! ¡Mi hijo, Alfonso! ¡Me lo has muerto!
Se llevaron a mamá sin sentido. No me había conmovido en lo más mínimo la desesperación de mamá, puesto que yo –motivo de aquella– estaba en verdad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis ocho años con la emoción, a manera de los grandes que usan de las sorpresas semitrágicas: ¡el gusto que va a tener cuando me vea!
Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso del padrastrillo.
–¡Hum...! ¡Pegarme! –rezongaba yo, aún bajo la hojarasca. Levantándome entonces con cautela, sentéme en cuclillas en mi cubil y recogí la famosa pipa bien guardada entre el follaje. Aquél era el momento de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa.
El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto a humedecer y resecar infinitas veces, tenía en aquel momento un gusto a cumbarí, solución Coirre y sulfato de soda, mucho más ventajoso que la primera vez. Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, con el caño contraído y los dientes crispados sobre la boquilla.
Fumé, quiero creer que cuarta pipa. Sólo recuerdo que al final el cañaveral se puso completamente azul y comenzó a danzar a dos dedos de mis ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza comenzaron a destrozarme las sienes, mientras el estómago, instalado en plena boca, aspiraba él mismo directamente las últimas bocanadas de humo....
Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. A pesar de lo horriblemente enfermo que me encontraba, tuve el tacto de continuar dormido, por lo que pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá sacudiéndome.
–¡Mi hijo querido! ¡Eduardo, mi hijo! ¡Ah, Alfonso, nunca te perdonaré el dolor que me has causado!
–¡Pero, vamos! –decíale mi tía mayor–. ¡No seas loca, Mercedes! ¡Ya ves que no tiene nada!
–¡Ah! –repuso mamá llevándose las manos al corazón en un inmenso suspiro–. ¡Sí, ya pasó...! Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse hecho nada? ¡Ese pozo, Dios mío...!
El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vagamente de desmoronamiento, tierra blanda, prefiriendo dejar para un momento de mayor calma la solución verdadera, mientras la pobre mamá no se percataba de la horrible infección de tabaco que exhalaba su suicida.
Abrí al fin los ojos, me sonreí, y volví a dormirme, esta vez honrada y profundamente.
Tarde ya, el tío Alfonso me despertó.
–¿Qué merecerías que te hiciera? –me dijo con sibilante rencor–. ¡Lo que es mañana, le cuento todo a tu madre, y ya verás lo que son gracias!
Yo veía aún bastante mal, las cosas bailaban un poco, y el estómago continuaba todavía adherido a la garganta.
Sin embargo, le respondí:
–¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez te juro que me tiro!
Los ojos de un joven suicida que fumó heroicamente su pipa, ¿expresan acaso desesperado valor?
Es posible que sí. De todos modos el padrastrillo, después de mirarme fijamente, se encogió de hombros, levantando hasta mi cuello la sábana un poco caída.
–Me parece que mejor haría en ser amigo de este microbio –murmuró.
–Creo lo mismo –le respondí.
Y me dormí.

miércoles, 3 de marzo de 2010

CONTROL DE LECTURA 3

Espantos de Agosto
Gabriel García Márquez
Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacencista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

—Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

—El más grande —sentenció— fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el más apacible de los inocentes. “Qué tontería – me dije –, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

martes, 23 de febrero de 2010

POEMA 1

POEMA 1
(Pablo Neruda)

Poema 1
Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin limite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

lunes, 22 de febrero de 2010

TEMARIO EXAMEN INTERNO

Qué tal, les dejo el temario para su primer examen interno:
Bellas artes
Literatura
Lectura
Cómo nace un texto literario
Lenguaje denotativo y connotativo
Géneros literarios: narrativo, dramático y lírico

jueves, 18 de febrero de 2010

Una paginita

Dicen que el verbo leer no acepta imperativos y yo creo que eso es cierto. Odiaría dejarles muchas cosas que leer en esta clase, pero sí quisiera que ustedes se metieran a los cuentos, poemas o novelas por su cuenta.
Por eso les dejo esta paginita que igual les ayuda a varios en sus proyectos. Den clic AQUÍ y naveguen en ella, hay muchas cosas que valen la pena.

lunes, 15 de febrero de 2010

CONTROL DE LECTURA 2

CHIN CHIN EL TEPOROCHO
Armando Ramírez

(Fragmento)

Esa noche, eran como las ocho, en la casa hacía mucho calor, era el mes de abril, salí a la calle ahí estaban mis amigos recargados contra la pared: Eucario, Tatay, El Calzón, mi hermano Carlos y otros más, tenían un tocadiscos de baterías y oían a Juan Manuel Serrat cantar: “Caminante no hay camino/ se hace camino al andar/ Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar”. Le pido un cigarro a Tatay, me ofrece el fuego, aspiro con fuerza, luego expulso suavemente por la boca y la nariz el humo voluptuoso que melancólico asciende en espiral hasta la atmósfera de esta mi ciudad de los palacios, en donde se confundirá con los gases de la refinería de Atzcapozalco, de las calderas de los baños públicos de mi barrio, de los escapes de los automóviles que con el motor hirviendo por culpa del intenso tráfico que a esta hora ahoga al centro de la ciudad y la flacidez de la batería que se ha estado desgañitando a bocinazos en un intento desesperado por abrirse paso por entre mis calles grises que se cubren coquetamente con su sombrero de smog. Por mis adentros me digo -ese Serrat trai buena onda- luego mi pensamiento vuela silencioso y se posa con delicadeza en Laura -hoy no iré a verla, hoy no caldearé, ni modo-. Como estaba en la luna pensando en Laura -mi noviecita del alma- no me di cuenta cuando El Tatay se me acercó y me dijo “vas maestro chupa limón” muy a lo lejos. Oí su voz pero logré captar la onda y rápidamente le conteste “pasajeros al trenecito de Chapultepec” y así nos la fuimos pasando hasta que se nos acercó un Teporocho: de barba rala, de frente brillosa de mugre, de manos hinchadas y uñas crecidas con mugre en las comisuras, al caminar rengueaba de la pierna derecha, su ropa raída y pesada por la mugre que se ha ido acumulando a través de los meses de intensas borracheras diarias y noches de vigilia producto de esa sed espantosa, que en la madrugada al despuntar los primeros rayos de sol por entre los gigantes de acero, concreto y vidrio lo hacía levantarse del frio suelo de la banqueta del callejón, en donde se acostaba a la intemperie para ir en busca de la señora enrrebozada que expendía en su vivienda café negro y hojas de naranjo con su chorrito de alcohol de noventa y seis grados.Se me quedo viendo el Teporocho y luego muy decidido me pide “pasa un tren”, se lo doy y comienza a aspirar macizo, aguanta la respiración y que comienza el cotorreo, ahí todos agarramos la onda y de repente que nos vamos de viaje a visitar a todas las galaxias habidas y por haber, pero, como siempre, regresamos. El Teporocho danzaba que daba gusto, le ejecutaba chiro a la danza, al compas de The Rolling Stones estuvo danzando hasta que se cansó, rápido, tendrá como unos veinte años o treinta o cuarenta o cincuenta o mil años o quién sabe con eso de que se dan “mala vida”. El cotorreo era efectivo por eso nadie vio cuando el Teporocho se piró, sólo yo lo vi, sólo yo lo seguí, sólo yo lo alcancé y como que le influí confianza porque luego luego agarramos plática:
-Sabes qué ñero, te voy a contar mi vida ¿te pasa?-Va jugando, acepté.
-Pero a ver si te la alcanzo a contar -me advierte- de aquí hasta donde le voy a caer a dormir.-Sí, nomás le cortas los pedazos aburridos y sin interés para ti -sugerí.
-Okey maguey, así sí nos alcanza, al fin que ni está lejos, ni esta cerquita, es una cosa media, en donde me acuesto.
-¿Pues en dónde duermes?
-En el callejón de “salsipuedes”.
-¡Ah!


¡ATENCIÓN TERCERA LLAMADA, TERCERA LLAMADA COMENZAMOS!¡ACCIÓN CÁMARA CORRE PEL. . . perdón, CORRE NOVELA!Y comenzó a contar con voz vaciada a veces, otras con voz cansada, siempre con voz quedita y casi nunca con ira. Muy buenas noches muy buenos días muy buenas tardes querido lector (a) (bueno eso no importa, mira dejémonos de convencionalismos y demás sandeces que aquejan a esta mi sociedad).
“NOTA, para el poco respeto que se le tiene al lector, (a): las omisiones, errores y demás defectos que le encuentren a esta “mi obsesión” échenle la culpa al AUTOR.Es que saben, estaba borracho de realidad, creo que hasta le quería dar una congestión realista, pero pierdan cuidado ya se está restableciendo de esta dolorosa, gacha y a la vez penosa enfermedad, que por mal nombre se le conoce como ¡VIDA!¡QUIUUUBOLE LECTOR (A)!


Mira cuate, amigo, mano, ñero, maestro o como te digan, yo te voy a contar mi vida, pero para que puedas captar mi existencia necesitas, antes de leerme, hacer cualquier cosa, lo que sea, para que te des cuenta cabal de lo que ha sido mi vida, puedes fumarte un efectivo cigarro o tomarte un buen trago de Teporocha o haz el amor, mi hermano hombre, mi hermana mujer.
Borracho yo he nacido
borracho y he crecido
y sé sinceramente que
borracho he de morir
(canción popular mexicana de Felipe Valdez L.; canta: Javier Solís)
Al llegar a la fiesta me recibe Rubén, me invita a tomar una cuba, mientras va por ella, echo una mirada a mí alrededor, todos bailan, parejas de jóvenes de mi edad dieciocho o veinte años en medio de un gran ambiente de música afro-cubana. Mis ojos tropiezan con una linda figurita, le miro las piernas son largas y bien torneadas, llevaba pantimedias de color ópalo, fui subiendo lentamente la vista y vi una minifalda con ancho cinturón que cae sobre las amplias caderas, luego un busto elegante que se remarca a través de la blusa transparente y paso al cuello delicado erguido de gran tersura y cuando hube llegado a los ojos, siento una descarga eléctrica, me están viendo los ojos más hermosos que he visto en mi vida, bajo la cabeza, siento enrojecer, no puedo resistir y de nuevo vuelvo a mirarla, me sonríe, siento un gran alivio, es en ese momento en que llega Rubén.
-Ten, tú me dices si esta fuerte.
-Mmm, no, está bien así.
Oigo las notas musicales de la siguiente pieza que salen de una consola punto azul estereofónica, alta fidelidad, frecuencia modulada con tocadiscos garrad y aguja de diamante, me dirijo hacia donde está la muchacha de la linda figurita para sacarla a bailar. Al llegar junto a ella, al sentirla muy cerca de mí, siento como el corazón se me comienza a desbocar. Ya frente a ella le extiendo la mano, invitándola a bailar, me sonríe... pero ¡oh!, qué desgracia, otra mano más veloz me ganó, la veo pasar junto a mí, aspiro el suave perfume tan agradable y embriagador como ella.
-Ven, mira, ya llegaron Gilberto y Víctor -me dice Rubén, al tiempo que me jala del brazo, nos dirigimos a la cantina improvisada, que está instalada al fondo del departamento, donde ya se encuentran Gilberto y Víctor, observo como tienen una buena dotación de cubas y cervezas.
-Ven Rogelio ¿qué hacías allá solo? -me interroga Víctor.
-Es que iba a sacar a bailar una muchacha.
-Deja a las muchachas, y vente a libar, que mujeres van y vienen, no así el vino -replica Gilberto.
Me dan una cuba, una cerveza, otra cuba, otra cerveza
. . . . . . ya llevo cuatro cubas y cuatro cervezas...
. . . . . . ya llevo pues ya no no… sé, ya perdí la cuenta ahora sacan una botella de tequila que ni me raspa, miro alrededor me dirijo hacia … hacia donde estaba la linda figurita, mientras camino siento… siento que las personas se me cruzan y las cosas se me cambian de lugar y que el piso se mueve, siento por momentos que pierdo el equilibrio, por fin llego hasta donde estaba ella pero ya no está, se ha ido, doy la vuelta veo un sillón en el cual me dejo caer pesadamente.
A la mañana siguiente siento un dolor de cabeza y un malestar en el estomago, me acuerdo de la linda figurita... pienso que fue un sueño.
Ese mismo día, en la tarde, nos volvimos a reunir en la tortería. Víctor y yo fuimos a nuestra casa a decirles porque no llegamos anoche, según nosotros porque trabajamos horas extras en la noche.
¡Ah! me olvidaba presentarles a Víctor, es mi primo carnal y vivo en su casa con sus padres, mi tío, hermano de mi papa, me recogió cuando quede huérfano a la edad de ocho años, bueno eso me dijeron mis tíos. Los dos trabajamos en una compañía de supermercados de accionistas gringos judíos, yo estoy empleado en una unidad del norte de la ciudad, por la colonia Lindavista, allá por el cerro de la Villa donde se encuentra la basílica de la virgen de Guadalupe, ese monstruoso monumento que se ladea poco a poquito, día a día, segundo a segundo, en un hundimiento paulatino al estilo de la torre de Pisa.
Sentado junto con nosotros, comiendo una torta de jamón y un vaso de tepache, estaba también Gilberto, nuestro amigo. Él trabaja en una fábrica de artículos eléctricos, ahí donde él trabaja hay muchas cosas raras que no logro explicarme, por ejemplo como: ¿si el salario mínimo es de veintiocho pesos con cincuenta centavos diarios, por qué le pagan veinte pesos diarios? Y peor todavía es que está sindicalizado y es el mismo sindicato, afiliado a la Central de trabajadores Mexicanos, que los contrata por un sueldo por debajo del mínimo y los manda a una de las fabricas afiliadas a ellos, después de cobrarles su cuota, dizque para gastos de papeles, siendo ésta mucho más alta de la que puedan tener en ese tipo de gastos en el sindicato. Este Gilberto vive con su mamá, tiene cuatro hermanos más (una niña y tres niños), él es el más grande y el que ayuda al sostenimiento de la casa, no tienen papá, se fue con otra mujer hará como tres años.
También está sentado con nosotros Rubén, el último de los mosqueteros. Él vive solo, tiene un buen empleo dentro del gobierno y ustedes saben eso que dice más o menos así: “Yo entro a trabajar en el gobierno hasta de barrendero, ahí están los pesos”.
Después de curárnosla con vasos de tepache y tortas con harto chile chipotle, los cuatro mosqueteros quedamos de vernos hoy en la tarde para ir a una tardeada.—¿Ya estás listo, primo?
—Sí, primo
—Pues vámonos
—¿Ya les dijiste a mis tíos que vamos a llegar un poco tarde?
—Sí, hombre, vámonos.

martes, 9 de febrero de 2010

Un video

Les dejo un video, espero sus comentarios

Videos tu.tv

lunes, 8 de febrero de 2010

CONTROL DE LECTURA 1

La debutante
Leonora Carrington

En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
—¡Qué asco! —le dije—. Esta noche me toca asistir a mi baile.
—Tienes suerte —dijo ella—; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
—Habrá muchas cosas de comer —dije—. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
—Y aún te quejas —replicó la hiena con desaliento—. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
—No tienes más que ir en mi lugar.
—No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría —dijo la hiena un poco triste.
—-Escucha —dije—, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
—De acuerdo —dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
—Esta habitación huele mal —dijo mi madre, abriendo la ventana—; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
—Por supuesto —le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
—No te retrases para el desayuno —dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
—Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
—Sí —dije, perpleja.
—Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
—No lo veo muy práctico —dije yo—. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
—Tengo la suficiente hambre como para comérmela —replicó la hiena.
—¿Y los huesos?
—También —dijo—. ¿Te parece bien?
—Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
—Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
—Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
—En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
—Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
—Es verdad —dije—; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
—Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
—Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte —le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia. —Acabábamos de sentarnos a la mesa —dijo—, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Exposición en el MUMCI

Acá les dejo la info de una exposición a la cual no he ido pero prometo hacerlo prontísimo. Ya lleva un rato y no le queda mucho tiempo, así que aprovechen para darse una vuelta.
Si alguien ya fue, pues deje aquí sus comentarios.
Más detalles dándole click AQUÍ

viernes, 29 de enero de 2010

BIENVENIDOS

Hola, compañeros y compañeras,
les doy la bienvenida al curso de Textos literarios mediante este blog, que servirá -o al menos eso espero- para que ustedes y yo tengamos una mejor comunicación.
Ojalá lea sus aportaciones, dudas, quejas y sugerencias, por favor, no dejen de escribir para expresar lo que a ustedes les plazca.
Aprovechando el viaje, les dejo aquí la primera tarea del curso, que será imprimir el programa y pegarlo en su cuaderno negro.
Saludos y suerte para todos en su nuevo semestre.

PROGRAMA DEL CURSO

LECTURA DE TEXTOS LITERARIOS


Semestre enero – julio 2010

Cuarto semestre


Profesor: Carlos A. Reynoso López

Correo: claseiut77@gmail.com

Blog: http://literariosalz.blogspot.com/


Objetivo general

Desarrollar las habilidades lingüísticas del estudiante a fin de generar, comprender y disfrutar textos orales y escritos adecuados a diversas situaciones comunicativas, a partir de la reflexión en torno a los conocimientos necesarios de la lengua.


Objetivos específicos

  • Aprender a conocer y construir a través de la literatura.
  • Contribuir a la socialización y a la estructuración del mundo a partir de textos literarios.
  • Desarrollar el gusto por la lectura.
  • Configurar e identificar su personalidad literaria.
  • Fomentar el interés por su creatividad.


Módulo I Cuestiones generales sobre la literatura

  • La lectura
  • Destierro de la lectura
  • Rescate de la lectura
  • El quehacer de la lectura
  • ¿Es lo mismo poesía y literatura?
  • La literatura se vale de la palabra
  • El valor de la literatura
  • Modalidades o géneros de la poesía o literatura


PRIMERA EVALUCACIÓN INTERNA

25 de febrero de 2010


Módulo II La lírica

  • Características
  • La imagen poética
  • El origen de la poesía lírica en lengua castellana
  • La lírica trovadoresca
  • La primera obra importante en tono lírico: El Mío Cid
  • La Divina Comedia: Gran obra lírico-narrativa
  • Poesía lírica. Su esencia.


*** PRIMERA EVALUACIÓN DEPARTAMENTAL***

(23 de marzo)


Módulo III La narrativa

  • La novela
  • Algunos conceptos sobre la novela
  • Importancia de la novela
  • Los orígenes de la novela en lengua castellana
  • Algunas ideas sobre la novela
  • El cuento
  • El encanto del cuento
  • Entre el cuento y la novela
  • Cuento popular y literario
  • El relato
  • Diferencia entre cuento y relato.


SEGUNDA EVALUACIÓN INTERNA

6 de mayo 2010

Módulo IV El ensayo

  • ¿Qué es el ensayo?
  • Algunas características del ensayo
  • Los best sellers


*** SEGUNDA EVALUACIÓN DEPARTAMENTAL***

(4 de junio)


Políticas del curso

  • A los alumnos que ingresen tarde al aula se les permitirá tomar la clase, con su correspondiente inasistencia.
  • Prohibido ingerir alimentos y/o bebidas en el salón de clase
  • Prohibido el uso de aparatos electrónicos por parte de los alumnos (juegos, reproductores de música, celulares, etcétera). Quien sea sorprendido, se le retirará el artefacto y éste se entregará a Control Escolar donde quedará retenido por espacio de dos semanas.
  • Los alumnos que no cumplan con las tareas y/o actividades académicas solicitadas serán reportados a Control Escolar para la sanción correspondiente.

El alumno, por su parte,

  • Se responsabilizará de contar con el material didáctico necesario para el correcto desarrollo de su clase (libros, antología, consultas electrónicas, etc.)
  • Buscará lecturas e información complementarias y elaborará comentarios sobre las mismas.
  • Trabajará en forma responsable con sus compañeros y compañeras de equipo.
  • Se responsabilizará de dar seguimiento a los posibles cambios en sus calificaciones o faltas.


Políticas de evaluación departamental

Examen escrito………… 60%

Controles de lectura ....... 20%

Tareas ................………. 10%

El pequeño libro negro .. 10%