lunes, 25 de mayo de 2009

Control de Lectura 3

Cita Telefónica
René Aviles Fabila
Nunca supo cómo aquella dulce y melodiosa voz (que insinuaba mil posibilidades románticas y eróticas) obtuvo su número telefónico. El entusiasmo lo obnubiló. Era una llamada misteriosa y desconcertante. La voz dijo pertenecer a Hortensia y expresó sus deseos de conocerlo: me han hablado tanto de ti, ojalá pudiéramos hacer una cita, me muero de ganas de conversar contigo personalmente.
Pero Ricardo era un conquistador experimentado y no iba a ceder con facilidad, así que puso reparos, mucho trabajo, compromisos importantes. Hortensia sólo pudo conseguir que él aceptara una nueva llamada, dos días después, a una hora exacta: a las seis de la tarde, Ricardo aguardaba con impaciencia: se había arreglado y perfumado como si Hortensia pudiera verlo y olerlo a través del alambra telefónico.
Pasaron pocos minutos cuando sonó el aparato: Ricardo no contestó de inmediato, era necesario darse importancia y no mostrar el menor interés por aquella admiradora secreta. Al cuarto o quinto repiqueteo levantó la bocina con aires de conquistador irresistible. ¿Hola? Luego largos segundos de desconcierto y al fin: Ah, mi estimada desconocida.
Ricardo inició una nueva conversación totalmente preparada, artificial. Habló de sus aficiones, de sus gustos, de su formación (que dicho sea de paso era muy deficiente), narró aventuras: a las reales las aderezó, las inexistentes las archivó en la memoria para volver a utilizarlas. Le explicó a Hortensia (y aquí puso énfasis engolando la voz) que en materia de mujeres él era muy pero muy selectivo: nada de feas, las buscaba (y las hallaba a la vuelta de la esquina) hermosas, cultas, inteligentes y sensibles. Pueden ser pobres, el dinero no me importa, mi familia lo posee en abundancia.La melodiosa voz se hizo de lado para dar paso al torrente verbal de autoelogios que presentaban a Ricardo como triunfador, hombre de muchas lecturas, experimentado y dueño de características poco comunes entre los humanos. Hortensia de vez en vez asentía o negaba, según el caso, siempre en tono sexy, insinuante. Al concluir aclamó su maravillosa trayectoria resumiéndola en una sola palabra: admirable. Pero él consideró indispensable repetirle sus gustos en materia femenina... en primer lugar amo la belleza..., para que no hubiera dudas. De tal suerte Ricardo consideró que si Hortensia aceptaba sus aficiones y a pesar de ellas anhelaba la cita tenía que ser sumamente guapa.
Quedaron de verse al día siguiente. Ella trabajaba en una empresa comercial famosa, en donde —razonó Ricardo— escogen a su personal femenino con mucho rigor a partir de la presencia física. Otro motivo para estar confiado.
Ricardo se atildó más de lo usual, llevó su automóvil a lavar, apenas comió para no cargar con gramos extras; suponía estar ante el romance de su vida, ya que únicamente había conseguido la atención de las tontas y feas. Ahora tenía la posibilidad de conquistar una mujer hermosa e inteligente, que lo comprendería y se sometería gustosa a sus caprichos.
Para evitar problemas, Ricardo le dijo qué marca de auto poseía, cuál era su color y el número de placas. Me estacionaré frente a la puerta principal con la portezuela derecha abierta, para más señas. Y así fue: la empresa comercial comenzó a vomitar empleadas por docenas, todas arregladas en exceso, caminando de prisa y sin expresión en el rostro. Transcurrieron varios minutos, Ricardo se desesperaba, se ponía nervioso y Hortensia no aparecía; trataba de ver en cada muchacha surgida del edificio las características que le atribuía a su admiradora. En algún momento comenzaron a escasear las mujeres, salían con menos frecuencia hasta que desaparecieron por completo. Ricardo, inquietísimo, pensó. Todo fue una broma, ya he leído libros donde suceden esas humoradas telefónicas. Me tomaron el pelo.
De cualquier manera, se dijo echando las últimas esperanzas sobre el nerviosismo, esperaría un poco más, seguro está retrasada, no me puede plantar, a mí, y recordaba las aventuras apócrifas con que sazonó su vida. Estaba a punto de retirarse, derrotado, cuando escuchó pasos que se acercaban. Fingió desinterés, tranquilidad, y se dedicó a buscar una estación radiofónica más de su gusto. Alguien dijo ¡hola! con voz dulce, la de Hortensia, era inconfundible. Ese alguien entró al automóvil que de inmediato resistió un peso enorme: se ladeó hasta tocar el suelo en medio de los crujidos de los amortiguadores.
Ricardo volvió la cara dejando la música en paz: junto a él estaba un hipopótamo de tres toneladas, de piel rosa, moviendo sus ridículas orejillas con mucha coquetería y abriendo la bocaza armada de colmillos para sonreírle grotescamente y hablarle casi al oído: ¿Tardé mucho, amor? Discúlpame.

martes, 19 de mayo de 2009

Ejemplos de caligramas

Hola, gente!
Acá les dejo los ejemplos de caligramas que les había prometido. Ojalá les sirvan para generar ideas sobre su proyecto.
Saludos!
(Den click en las imágenes para verlas más grandes)










miércoles, 13 de mayo de 2009

CUENTO PARA CONTROL DE LECTURA

La jaula de tía Enedina
Adela Fernández
Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Mi madre dice que enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía encerrada en el cuarto de trebejos que está en el patio de atrás. Conforme se acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera me preguntaban cómo seguía. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le importaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarle comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre dice que no soy su hijo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que nadie me quiere. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Es Goyita también la que cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Ese hombre le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia, le dijo que para siempre sería una mujer soltera y que él compadecido de su futuro le regalaba una enorme jaula dorada para que se consolara en su vejez cuidando canarios. El hombre se fue sin darle más detalles.
Tal como lo dijo aquel hombre, el novio no se presentó a la iglesia, y mi tía Enedina enloqueció de soledad. Me cuenta Goyita que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años, yo no he podido llevarle su canario. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme ninguno, y el día que le robé el suyo a Doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Yo lo tenía escondido en una caja de zapatos, me descubrieron, y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía y como nunca he podido traerle su canario, hoy decidí darle caricias. Entré al cuarto... Ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado a otro. Se dio cuenta de que eso para mí era fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula dorada y se mecía. El balanceo era algo más que triste. Parecía una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones, comencé a perseguirla. ¡Qué difícil me fue atraparla! Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran semejanza con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organza, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que por más que me empeñaba, no podía regalarle.
Después de aquello, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas y buscaba mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, me incrustaba sus uñas, me mordía y sus huesos afilados y puntiagudos se encajaban en mi carne, me dañaba. Así que decidí mejor darle un canario, costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del canario. Todos los días le llevo un poco de alpiste, de ese que compra Goyita para su jilguero.
Lo del canario parece imposible. No puedo conseguirlo; ya ha pasado más de un año. Yo no quiero volver a tocarla y le he propuesto para su jaula el jilguero de Goyita. Ella se ríe como ratón, babea y pega de saltos y mueve negativamente la cabeza. Lo bueno es que se ha conformado con los puñitos de alpiste que diariamente le llevo.
Porque me sentí demasiado solo resolví entrar al cuarto de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A tía Enedina la he notado más calmada, puedo decir que hasta un poco mansa. Pensé que ya no arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y el haberla notado apacible.
Ya dentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Yo la necesitaba y esperé largo rato hasta que me acostumbré a la penumbra y fue cuando pude ver dentro de la jaula a dos niñitos, escuálidos, esqueléticos, albinos. Tía Enedina les daba alpiste y los contemplaba tiernamente ahí encaramada sobre la jaula.
Mis hijos flacos y dementes, comían alpiste y trinaban....

BIENVENIDOS AL CURSO

Hola, compañeras y compañeros,
les doy la bienvenida al blog de la clase, tenemos que echarle muchas ganas porque el tiempo se acorta y hay bastante trabajo por delante para terminar con bien nuestro curso.
Saludos!